lunes, junio 20

18:15



En la ciudad de Cochabamba  todas los noches de invierno ocurre un extraño fenómeno en el lapso comprendido entre las 18:15 y 18:25. Debido a alguna falla del sistema de alumbrado público, la calle Esteban Arce es una de las pocas de la ciudad donde las luminarias tardan más de lo normal en encenderse. Mientras el resto de la ciudad goza ya de luz artificial, ésta permanece en penumbras.

Es en ese ambiente por donde la gente transita al salir del trabajo o los centros comerciales. Sombras dentro de una sombra aún más grande. No se habla mucho, lo único que se busca es salir de allí lo antes posible. La única luz es la que emiten los cigarrillos se puede oír el crepitar de las hojas de tabaco que se encienden cuando se los lleva a la boca, una especie de faro que sirve para mirar fugazmente los ojos de quien tienes a menos de dos metros de distancia ¡Virar, virar! ¿A dónde? 

Lo extraño si es que lo anterior no lo es sucede al término de la calle en cuestión. Un paso más y se llegará a territorio iluminado; pero los ojos se han acostumbrado a la oscuridad y las pupilas están abiertas por completo. Nadie quiere salir de aquí. La gente da media vuelta y vuelve a recorrer la Esteban Arce de extremo a extremo las veces que sean necesarias. Como en una procesión, aunque esta vez no se pide por la salvación de la humanidad, sino todo lo contrario. No naciste para ser salvo. No naciste para vivir. Alguien golpea una puerta frenéticamente dos cuadras abajo, el tráfico vehicular no existe y la gente desborda las aceras chocando unas con otras; te golpean con el hombro al pasar, caes al suelo y te pisan los dedos. Tienes que levantarte rápido, se hace difícil respirar. Gritos que se suceden uno tras otro y una voz que pronuncia tu nombre. Es el fin.

A las 18:25 el alumbrado público se activa y las luminarias se encienden. Todos los monstruos que llevamos dentro vuelven a su sitio, recordamos que tenemos que volver a casa, que los hijos y la esposa esperan para tomar el té y ver la novela de las nueve. Las cajeras del banco se arreglan el vestido y los altos ejecutivos se ajustan la corbata aunque aún llevan sangre en las manos.

La calle se vacía, algunos autos pasan por encima de un par de zapatos que nadie reclamó. Todo en calma. En Cochabamba no sucede nada. 


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