lunes, diciembre 14

Golf


Después de varias noches de dormir absolutamente rendido, finalmente pude soñar  —disculpas por lo hippie que puede sonar esa palabra. Soñé que manejaba un carrito de golf y no lo hacía nada mal, es más, me sorprendía a mí mismo por la destreza adquirida; el único inconveniente era el de no poder acelerar a una mayor velocidad —quien haya manejado uno en la vida real podrá estar de acuerdo conmigo con la frustración que produce este hecho. Pese a ello recorría los campos de golf distraídamente, cuando vi un bulto acostado en la ruta: ajustándome los lentes me di cuenta de que se trataba de un bebé.

Todo fue rápido, nunca pude frenar  —después de todo, era mi primera vez en el volante— atropellé a un niño a tan solo diez kilómetros por hora. Pude sentir como el carrito se elevaba como los autos cuando pasan por un rompe-muelles. Elevarse y volver al nivel inicial. Algunas señoras gritaron —obvio, no tienen nada más que hacer salvo jugar rumy canasta y observar carritos de golf— aunque no generaron un escándalo de grandes proporciones para mi tranquilidad, lo cierto es que yo tampoco estaba preocupado. Un bebé, vamos, no significa nada, además ¿quién puede morir atropellado por un carrito de golf? Ni siquiera un pequeño de 6 meses. Ni siquiera.

Te contaba este sueño mientras caminábamos a paso lento por la Av. San Martín. 

-¿Qué crees que signifique? 

-Ni idea viejo, hay sueños que ocurren así nomás.

Tardamos mucho en llegar a la esquina siguiente, habíamos recorrido todo ese trecho sin hablar y cada vez te veía hacer un mayor esfuerzo. "¿Estás bien?" pregunté con falsa cortesía, era más como un reflejo semi-automático.

Me contaste que el día anterior habías sufrido un accidente al manejar bicicleta, un taxi había logrado rozar tu llanta trasera haciéndote perder el control. Gritos, sangre y un cuerpo casi inerte en medio de la gran avenida como un feto dentro del útero materno.

Te bajaste el cuello de la blusa a la altura de los hombros para mostrar tu cicatriz, la vi emerger, era un redondo casi perfecto como la pupila de un dios enojado y sangrante. "Es linda" pensé, mientras explicabas el suceso con más detalles que no valen la pena relatar, excepto que también tenías una herida en la rodilla y ese era el motivo de tu caminar lento.

Debo confesar que las desgracias ajenas me hacen sentir bien, comencé a sonreír mientras empezaba a acelerar el paso, a la distancia parecía como si  te hubieras detenido y agitabas los brazos, esperando que me detuviera. Nunca más nos volvimos a ver.   
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