lunes, septiembre 3

Sobre los sucesos del anterior martes


El deseo de olvidar. Mis audífonos se averiaron, sólo uno de ellos funcionaba. No quise saber más. Bebí, fumé, miré a todos lados y hablé con cualquiera que estuviera a mí alrededor. Me encontré comiendo hamburguesas dentro de un cajero automático a las cuatro de la madrugada. Luego veo que no tengo tarjeta de crédito y que además odio a ese banco, a todos los bancos. Desperté y casi no podía ver, creyeron que estaba ciego y que lo mejor para mí sería atender una biblioteca; cuando lo que tenía era astigmatismo. Alguien con lentes rechaza mis cigarrillos, pero me lleva a su casa y me dice que duerma un poco. No puedo. Bebo todo el vino que había allí, ese alguien con lentes entonces enciende una grabadora y hace demasiadas preguntas, aunque de vez en cuando también responde algunas de mis inquietudes. Hay registros de audio donde hablo de sexo y de abejas. Mi gato ha desaparecido dos noches seguidas, dicen que está trabajando en un restaurante de pollos a la leña, ya que no tenemos dinero para el alquiler. Ese alguien con lentes llega ahora a mi casa, vuelve a rechazar mis cigarrillos, me reclama por lo sucedido la otra noche; dice que no tenía derecho a tratarla de esa forma, que me tomo demasiadas atribuciones con ella, al final concluye que no hay problemas entre nosotros dos y que deberíamos manejar bicicleta los fines de semana. Vuelvo a trabajar en la biblioteca, esta vez puedo ver a todos los libros en sus estantes, me interesan dos en particular; pero el jefe revisa mi bolso al salir y me es imposible quedarme con ellos. Aprovecho los breves recesos para leerlos o arranco algunas hojas para llevármelas a casa. Una amiga no-lejana me dice que a cierta hora y cierto día pasa un bus con destino al cero absoluto, una oportunidad de borrar los errores pasados. Me pide que le invite mis cigarros si quiero saber más detalles. Obviamente le digo que no, he decidido no compartir nada porque es primavera y creo que todos seremos felices con o sin nicotina en nuestros pulmones. La amiga no-lejana me grita que conoció a un guitarrista que puede decirle exactamente lo que ella necesita oír y que ellos dos abordarán el bus y que nunca más sabré de ellos, o de ella en particular. Conseguí un trabajo donde el requisito indispensable era tener insomnio, esto me permite comprar las revistas que el gato me venía pidiendo desde hace mucho, además de la hierba de la cual se ha hecho adicto. La vida es buena. Una muchacha decide vivir con nosotros, conoce de matemáticas y nos enseña el universo de los números complejos, esto es: un numero natural más un número imaginario. Dibujamos las paredes con las ecuaciones, el gato se pone un mandil que alguna vez fue blanco y se va a trabajar al restaurante. La chica de los números complejos dice que odia el olor a cigarrillo, por lo tanto debo fumar en la ventana mientras leo las hojas que arranqué en la tarde. Los números complejos están por todas partes, el gato ha traído tequilas para celebrar nuestra suerte, pero la fiesta adquiere un tono dramático, rayando en lo patético, me acuerdo repitiendo la frase: "no lo voy a superar, no lo voy a superar". Tengo un sueño donde me encuentro a los muertos que quise y estos se ríen de mí, porque me explican que sólo se fueron de viaje por un tiempo y que ahora volvieron para quedarse conmigo. Despierto en un bus vacío, debe ser ese que va hacia el cero absoluto. Después de todo, no necesité regalar mis cigarrillos para abordarlo.
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